sábado, 14 de junio de 2008

Decrecimiento, décroissance, decrescita

Este año también he sido invitado al seminario de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo que dirige Fernando Roch y que se desarrolla en Cuenca, una preciosa ciudad española que se encuentra en un lugar de naturaleza privilegiada. El tema eran las alternativas a los nuevos modelos urbanos y su título "Un nuevo urbanismo para una sociedad transformada". Se trata de un seminario bastante distinto a otros a los que asisto por el ambiente en el que se desarrolla. Hasta este año (dicen que el próximo va a cambiar la localización) el lugar de celebración era en la parte alta de la ciudad, en el antiguo convento de las Carmelitas Descalzas, hoy Fundación Antonio Pérez. Allí, todos los participantes (ponentes y buena parte de los asistentes) nos encontramos casi aislados y formamos una gran familia. Además suelen asistir algunos de nuestros alumnos (y también ex-alumnos) del doctorado y becarios del Seminario y el ambiente es bastante animado. Esta vez sólo he podido estar un día y medio de los tres pero ha merecido la pena.

Fundación Antonio Pérez

Aunque no estuve presente en la exposición de las comunicaciones presentadas sí las he leído y, en general, me parecen de gran interés. Si veo que alguna, o algunas, se pueden adaptar a la estructura de este blog (y sus autores me dan permiso) pienso incluirlas en las próximas semanas. Hoy simplemente quería comentar algunas ideas que surgieron en la sesión final.

Convento de las Carmelitas, foto de Diego Hauschildt

Aquellos que siguen estas notas saben que uno de los planteamientos que hago una y otra vez es el de la eficiencia. También saben de mi insistencia en que la eficiencia es simplemente el primer paso en la reducción de nuestras huellas ecológicas. Luego, una vez conseguido un mejor funcionamiento del artefacto (arquitectura, territorio o ciudad) queda una segunda parte tan importante como la primera: como conseguir que estas mejoras en el funcionamiento repercutan en el reequilibrio entre territorios o clases sociales (habría que discutir el término “clase social” en estos momentos, pero bueno). Incluso me parece que este enfoque debería ser uno de los pilares de la nueva deontología profesional. Es decir, ya no es suficiente que un arquitecto o un urbanista consiga proyectos bellos y eficaces (que cumplan el fin para el que fueron creados), sino que ahora, en el siglo XXI, esos proyectos han de ser, además, eficientes: consumir y contaminar lo menos posible.

La catedral, imagen de fotomaf

Pues bien, siempre que se menciona la eficiencia surge de forma inexorable la llamada Paradoja de Jevons. Esta vez apareció con otra finalidad distinta en la magnífica ponencia de Fernando Gaja que se titulaba “Urbanismo ecológico ¿Sueño o pesadilla?”. Con la disculpa de las palabras de Fernando voy a intentar analizar esta cuestión. William Stanley Jevons fue un economista inglés que nació en 1835 y al que se le conoce, sobre todo, por su propuesta de lo que luego se llamaría “utilidad marginal”. En su libro "The Coal Question" (1865) plantea algunas hipótesis, que luego el transcurso del tiempo demostró que eran equivocadas, relacionadas sobre todo con el problema del carbón como fuente de energía. Pero aparece también la afirmación de que “Aumentar la eficiencia disminuye el consumo instantáneo pero incrementa el uso del modelo, lo que provoca un incremento del consumo agregado.” Se le conoce con el nombre de Paradoja de Jevons (aunque no sea estrictamente una paradoja lógica) ya que se trata de una afirmación que encierra en sí misma una contradicción. A veces se le conoce también con el nombre de “efecto rebote”. La formuló al observar el aumento en el consumo de carbón cuando Watt mejoró el diseño de la máquina de vapor de Newcomen.

La ciudad alta y la ciudad baja, de herencia.net

Este comportamiento del consumo aparece como consecuencia de una reducción del coste del funcionamiento del modelo. Cuando se habla de la Paradoja de Jevons casi nunca se menciona este corolario fundamental para entender que, en realidad, no se trata de una contradicción y que, por tanto, no es ninguna paradoja. Sencillamente en muchos sitios se extrae una frase, se saca de contexto, y se le pone un nombre. Y luego se aplica a cualquier cosa de forma indiscriminada. Lo fundamental para el aumento del consumo no es el aumento de la eficiencia, sino la disminución del precio que el consumidor tiene que pagar por el funcionamiento del modelo, independientemente de otras consideraciones (por ejemplo psicológicas). Y esto se produce cuando aumenta la eficiencia, bien por el menor consumo de energía o por la reducción de la demanda (o por ambas cosas). En una situación de liberalismo total esto se produce así siempre. Pero no en una situación en la que se puedan controlar mínimamente los precios. Además, también se ha señalado en otros lugares que no es lo mismo un mercado saturado que otro con gran capacidad de crecimiento.

El puente de San Pablo, Live Search

Por tanto, hay una tarea que nos corresponde a los técnicos que es aumentar la eficiencia del sistema y otra que le corresponde a los políticos (en realidad, a la sociedad) y es que estos ahorros no se destinen a consumir más sino a disminuir las desigualdades, entre territorios, entre clases, o entre generaciones. Y para ello un mecanismo obvio es el control de los precios de determinados productos para que penalicen los consumos más elevados y se puedan recoger los diferenciales conseguidos. Hay diversas formas de hacerlo pero la más obvia son los impuestos. No voy a seguir más por este camino porque este no es un blog de economía y porque la economía no es mi fuerte. Y porque además esta posibilidad se relaciona con el decrecimiento del que hablaré luego. Pero parece de sentido común.

La hoz del Huécar, mañana temprana

Hay también otra forma de hacerlo que es recurrir a la educación ambiental o ecológica tal y como he escrito en varios artículos. Una sociedad con suficiente conciencia al respecto no debería aumentar el nivel de consumo ante aumentos en la eficiencia del sistema aunque ello supusiera una bajada de los precios, directa o indirecta. Sin embargo esta segunda vía parece notablemente más lenta que el control del efecto rebote a partir de los precios. Y tal y como estamos en estos momentos, con el ajuste produciéndose ya, probablemente la solución educativa no llegará a tiempo de evitar los “efectos colaterales” sobre los territorios o las clases menos favorecidas.

La hoz del Huécar, mañana temprana

Aún en el supuesto de que el efecto rebote fuera tal y como se cuenta por los más radicales ¿cuál sería la alternativa? ¿hacer edificios que contaminaran y consumieran más? ¿organizar las ciudades para que fueran menos eficientes? Esta alternativa se propone también por algunos. Es la alternativa de la catástrofe. Cuanto antes explote todo, antes llegará la solución (?). El problema es que ese tipo de explosiones se suelen llevar por delante a los más débiles. Y los más débiles son siempre los mismos. Quiero pensar que la mayor parte de los que estamos comprometidos en estas cuestiones lo estamos para intentar minimizar los daños en la medida de lo posible. A pesar de las diferentes lecturas de la paradoja de Jevons es necesario intentar con todas nuestras fuerzas que los efectos perversos de este cambio sean los menores posibles y que los beneficiosos alcancen a la mayoría.

La hoz del Huécar, mañana temprana

De cualquier forma este fue un tema marginal en el seminario. Simplemente he utilizado una referencia de la ponencia de Fernando Gaja para plantearlo, porque nunca antes lo había traído al blog. En realidad, de las cuestiones tratadas (que fueron varias y algunas de verdadero interés) me gustaría hoy comentar algo sobre dos de ellas: una (ya muy tratada en otras entradas), acerca de los cambios que se están produciendo en el uso del espacio público; y la otra, sobre un movimiento, postura vital o filosofía, que ya lleva unos cuantos años ahí, soterrada, casi reducida a la marginalidad, pero que, con la crisis económica actual, parece que empieza a adquirir una cierta relevancia: el decrecimiento.

Vista de Anton Van der Wyngaerde
"Ciudades del siglo de oro" de R. Kagan

De la primera, como ya le que le he dedicado varios artículos y se correspondía, además, con mi ponencia, voy a decir poco. Ante la hipótesis que hice sobre los cambios que se están produciendo en las funciones de los espacios públicos de las nuevas periferias metropolitanas, se organizó una interesante polémica. Sobre todo porque se me ocurrió citar (en apoyo de mis hipótesis) un trabajo de Fernando Conde sobre “Metropolización, territorio y vivienda en Andalucia” donde se decía: “La experiencia de caminar y de disfrutar del ocio en la calle, generalmente a través de la práctica del “tapeo”, es una costumbre que se designa como fundamental en la cultura andaluza. Pues bien, las nuevas generaciones, los jóvenes entre doce y dieciséis años parecen estar incorporándose a un modelo más “nórdico” de relación social con el entorno de ocio, situando los grupos a los grandes centros de ocio como la nueva tendencia en esa dimensión de la experiencia urbana”. Bueno, bueno, los andaluces de la sala levantaron la mano como un resorte para decir que si el tapeo era una costumbre de señoritos (que eran los menos en Andalucía), que de ninguna forma los jóvenes habían sustituido la calle por los centros de ocio… Estuvo bien, lo único es que desvió un poco la atención de lo que realmente me importaba que era el discutir si efectivamente, en las zonas metropolitanas de las grandes ciudades, algunas funciones tradicionales estaban desapareciendo del espacio público tradicional para refugiarse en entornos privados y semi-privados. También algo de esto se habló, aunque pienso que excesivamente mediatizado por el asunto “de la práctica del tapeo”.


Respecto a la cuestión del decrecimiento que planeaba de forma explícita o implícita en algunas de las intervenciones (y en las comidas y en las cenas, claro, sobre todo a raíz del tema de la crisis por la que está pasando España), probablemente la ponencia que la planteó de forma más frontal de las que oí (me perdí la de Ramón Fernández-Durán, ya dije que no pude estar los tres días) fue la de Fernando Gaja: “La palabra clave es pues decrecimiento, una expresión que admite pocas tergiversaciones, de término obús ha sido calificado, mucho más claro e inequívoco que el de sostenibilidad. El Urbanismo ecológico o sostenible, es el urbanismo del decrecimiento”. Con más claridad no se puede decir. Probablemente algunos de vosotros estéis sorprendidos: resulta que, apenas hemos enterrado la expresión “desarrollo sostenible” y la hemos sustituido por la de “sostenibilidad”, parece como si ya tuviéramos que sustituir a esta por “decrecimiento” ¿Qué está pasando? Muchas cosas y muy rápidamente. El precio del petróleo por encima de los 130 dólares, la crisis de la construcción, las emisiones de CO2 imparables… De los tres enfoques que se le pueden dar al tema de la sostenibilidad: reducción de la población mundial, aumento de la eficiencia del sistema (y progreso científico), y reducción del consumo, el decrecimiento pone el acento básicamente sobre el tercero, aunque haciendo guiños también al primero.


Aunque los orígenes de las ideas sobre este movimiento (también le podríamos llamar propuesta o postura vital) pueden rastrearse en bastantes autores el que se suele considerar como su catalizador fue el matemático y economista rumano Nicholas Georgescu-Roegen. Sus trabajos sobre la entropía (la palabra ya ha aparecido varias veces en el blog, la última muy recientemente) expuestos en su libro “La ley de la entropía y el proceso económico”, sirvieron de base para la creación de la llamada bioeconomía o economía ecológica. Uno de sus discípulos más importantes fue Herman Daly que junto a Clifford Cobss, propuso en el año 1989 el llamado “índice de bienestar económico sostenible” utilizado para medir el desarrollo, frente a otros más tópicos como el Producto Interior Bruto.

Logo Decrescita, caracol Decrecimiento

En el momento actual el decrecimiento tiene un cierto arraigo en Italia (la decrescita) y, sobre todo, en Francia (la décroissance) donde aparece ligado al Institut d’Etudes Economiques et Sociales pour la Décroissance Soutenable cuyo ideólogo es Serge Latouche. Podéis encontrar documentales sobre Serge Latouche y, en general, mucha información en castellano sobre decrecimiento, en el blog llamado Decrecimiento, imprescindible para acercarse a estos temas. Os recomiendo que os leáis los párrafos de Ivan Illich sobre “La lógica del caracol” para que podáis entender porque muchas de estas organizaciones utilizan el caracol como logo (animalito al que le tengo una gran simpatía desde que, hace muchos años leí el cuento de Cortázar “Lucas, sus largas marchas”). En Francia incluso se ha creado un partido político, el Partido Por el Decrecimiento, PPD que no ha tenido demasiado éxito en las elecciones. En la página de Rebelión podéis encontrar un extenso y documentado articulo de Giorgio Mosanguini titulado "Decrecimiento y Cooperación Internacional" explicando qué es el decrecimiento y como se puede entender ligado a un mundo del despilfarro frente a otro que se muere, literalmente, de hambre. De este artículo he extraído los párrafos que siguen, que pueden ayudar a captar el significado del término, cosa que no es sencilla:

Logo Décroissance, caracol ni-photos

El progreso técnico y la mejora de la eficiencia no sirven para nada si no reducimos el consumo y no salimos del modelo de crecimiento. Éste es precisamente el camino del decrecimiento. Su horizonte, la sostenibilidad ambiental y la justicia social, no precisa de una respuesta técnica sino política. Y no sólo política sino de cambios profundos en el ámbito filosófico y cultural de nuestras sociedades. Sin embargo, el decrecimiento no es una receta, un programa cerrado. Como explica Serge Latouche, es una necesidad, no es un ideal en sí ni puede ser el único objetivo de las sociedades que salgan de la ideología del crecimiento.
‘Lo que nos enseñan las leyes de la termodinámica, y en particular modo la entropía, es que el decrecimiento de la producción es inevitable en términos físicos. Esto no significa, y no tiene que inducir a creer, que implique necesariamente una reducción de la producción en términos de valor ni, mucho menos, de felicidad de las personas.’ (Bonaiuti 2003: 41; traducción propia).
Así como para el crecimiento no todo tiene que crecer, para el decrecimiento no todo tiene que decrecer. Lo que tiene que disminuir es el consumo de materia y energía, es decir, principalmente el PIB. Eso nos lleva a la valoración en los ámbitos de la producción. ¿Qué hay que producir? ¿Por qué? ¿Para qué? El decrecimiento defiende el rechazo a la valoración estrictamente económica y monetaria que domina nuestras sociedades
.”

Cabecera de La Décroissance

Hace menos de un año (en septiembre de 2007) Gustavo Duch en un artículo en El País titulado “El Decrecimiento” decía: “Puede ser difícil de aceptar, pero desde el punto de vista ecológico no hay posibilidad alguna de mantener un planeta con recursos finitos basándonos en modelos de crecimiento ilimitado. No existe tierra cultivable suficiente para mantener una agricultura produccionista que alimente a las personas, alimente a la ganadería intensiva, y que -como nos explican ahora- genere la energía del futuro, los biocombustibles”.

Chiste de El Roto, El País 10/04/07

Existen muy diversas posturas que están más o menos cercanas a estos presupuestos y que pretenden cambiar el modo de vida y el sistema de valores sociales. Para terminar el articulo, y simplemente como ejemplo concreto de que algo está cambiando en algunos sitios (aunque malévolamente también pueda considerarse como una "boutade de niño rico") me gustaría mencionar una especie de filosofía práctica o sistema de vida mediante la cual algunas personas están dispuestas a “vivir más lentamente”, algo así como los “antiyuppies” (downshifters). Entre estos se encuentran, por ejemplo, los que preconizan el “Slow Movement” muy relacionado con esta forma de entender el progreso y la vida (hay Slow Travel, Slow Cities, Slow Food, Slow Living, Slow Money…). Porque, en definitiva, según decía Nicholas Georgescu, lo único que podemos hacer es retrasar el final ya que, además de la energía, también la materia disponible se degrada sin interrupción e irreversiblemente, en materia no disponible (así enunciaba su cuarta ley de la termodinámica). Y para conseguir mantener este mundo todavía muchos años probablemente sea una buena idea vivirlo más lentamente.

Imagen de Slow Movement

El decrecimiento en estado puro es una utopía, claro (¡a menos que “venga obligado por las circunstancias económicas” como parece que empieza a ocurrir!). Pero sin utopías y sin poetas no sabríamos hacia donde dirigirnos.